El pasado sábado 3 de octubre nos reunimos los habituales lectores de cuatro continentes para conversar en torno a Perder el juicio, la última novela de la escritora argentina Ariana Harwicz. Se trata de una obra intensa y vertiginosa que no deja indiferente a ningún lector y que, por su complejidad, sus múltiples capas de lectura y su ritmo arrollador, invita a ser compartida y debatida en compañía.
Como es habitual, comenzamos el encuentro recorriendo los orígenes lectores de la autora. En el caso de Harwicz, fueron filósofos tan furiosos e incómodos como Nietzsche quienes despertaron su pasión por la lectura y, posteriormente, por la escritura. Antes de encontrar su lugar en la novela, la autora exploró múltiples disciplinas artísticas e intelectuales. Durante años creyó que su destino estaba en el cine, pero sus películas resultaban demasiado teatrales; sus obras de teatro, excesivamente ensayísticas; y sus ensayos, inevitablemente literarios. Tras un largo recorrido por la pintura, la filosofía, el cine y otras formas de expresión, encontró finalmente en la novela el lenguaje en el que se sentía cómoda. Para ella, escribir es una aventura total, pero también un acto de fe.
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| Ariana Harwicz durante el club de lectura. |
La conversación nos llevó después a Degenerado, una de las novelas más arriesgadas de la autora, escrita desde la perspectiva de un pederasta. Harwicz recordó la dificultad que supuso enfrentarse a ese texto, un proceso que todavía le resulta incómodo rememorar. Relacionó aquella experiencia con un momento personal marcado por el aislamiento tras su traslado a un pequeño pueblo con escasa vida cultural. A diferencia del resto de su obra, explicó, Degenerado fue un libro construido desde un enfoque más intelectual que sensorial.
Llegó entonces el turno de Perder el juicio y de las preguntas de los lectores. Buena parte del debate giró en torno a la protagonista: su evolución, sus contradicciones y la extraña mezcla de rechazo y fascinación que provoca. Harwicz reconoció que el personaje contiene mucho de ella misma. Sin embargo, aclaró que en sus novelas la relación entre vida y escritura no siempre sigue el mismo camino. Mientras que en Matate, amor la escritura precedió a la experiencia vital, en Perder el juicio ocurrió justamente lo contrario. La autora reflexionó también sobre su condición de migrante. Judía, argentina y residente en Europa desde hace casi dos décadas, aseguró que esa experiencia de extranjería atraviesa toda su literatura. Según explicó, incluso quienes logran integrarse saben que cualquier pequeño gesto, una palabra o un acento pueden delatarlos en cualquier momento. Para construir a la protagonista recurrió tanto a experiencias propias como a historias de mujeres conocidas a través de la prensa y de los tribunales: mujeres marcadas por el deseo de venganza y por una profunda insatisfacción con el lugar que ocupan en el mundo.
Harwicz insistió en que no busca personajes ejemplares ni víctimas absolutas. Cree que todos somos víctimas de algo, pero también responsables de otras muchas cosas. Por eso rechaza las categorías simples y las divisiones tajantes entre inocentes y culpables, dominantes y dominados. «El arte debe doler», afirmó durante la conversación. «Cuando comienzo a pintar, el mundo es mi enemigo».
La futura adaptación cinematográfica de la novela ocupó también parte del coloquio. Aunque la autora considera que la historia podría desarrollarse prácticamente en cualquier escenario, cree que la película deberá conservar la desesperación vital de sus personajes, su necesidad de vivir, de hacer justicia y de gastar las últimas balas que les quedan. El director pretende explorar precisamente esa convivencia entre amor y odio dentro de la familia, una de las claves de lectura de la novela. Como recordó la propia Harwicz, Perder el juicio habla también del deseo de desaparecer de la propia vida sin abandonar. quizás, del todo los vínculos que la sostienen.
Ante una pregunta del público sobre la suspensión del juicio moral en la literatura, la escritora defendió que esa es una de las funciones esenciales del arte. La literatura, afirmó, puede ofrecer consuelo, pero también sirve para iluminar aquello que permanece oculto, para explorar ese «ángulo muerto» de la experiencia humana que normalmente preferimos no mirar. Por eso sus personajes nunca ocupan una única posición moral o psicológica. El artista, sostuvo, debe ser capaz de mostrar también sus propias miserias.
La ansiedad, la urgencia y la intensidad de su escritura fueron otros de los temas abordados durante el encuentro. Harwicz aseguró que no intenta domesticar esa energía porque forma parte de su forma de crear. La escritura de Perder el juicio apenas concede respiro al lector porque ella misma tampoco se lo concede. En la literatura, explicó, se permite explorar impulsos y emociones que jamás trasladaría a la vida real.
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| Lectores levantando la mano durante el club de lectura con Ariana Harwicz. |
También surgió la cuestión de la lengua y del fuerte tono argentino que impregna su obra. Después de tantos años fuera de su país, la autora confesó que no desea perder esa musicalidad porteña, que considera inseparable de su identidad. Convive, además, con otra lengua fundamental en su vida, el francés, que define como su lengua de adopción. Ambas son, para ella, herramientas necesarias y complementarias.
No podíamos despedirnos sin hablar del final de la novela. Para algunos lectores, tras tantas incertidumbres, el desenlace resultó excesivamente abierto. Harwicz reveló entonces que se inspiró en un caso real: la historia de una mujer argentina prófuga de la justicia que continúa en búsqueda y captura junto a su hija pequeña. Una revelación que añadió una nueva dimensión a una novela que, durante toda la tarde, nos obligó a cuestionar certezas y a adentrarnos en las zonas más ambiguas de la condición humana.




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